De un Chile atado a un Chile redivivo Skarmeta, sin dictaduras
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El autor de El cartero rememora sus días de resistencia contra la era Pinochet y su inserción en el trabajo de reconstrucción de la cultura y la democracia chilena, desde la perspectiva del contestatario, el diplomático y el creador literario.
“Toda mi vida me sentí un adolescente, pero la sorpresa de que pasas los 60 años, de que tienes esa edad y que realmente empieza a doler el cuerpo, que no es el cuerpo de la juventud, es una sorpresa muy desagradable. Porque cuando comienzan a mermar tus posibilidades, tu energía intelectual y todo eso está muy bien, pero la energía física y todo eso de la sensación de finitud…”. Antonio Skarmeta no termina la frase. Ha tocado un aspecto muy íntimo, y su sonrisa abierta y perenne se esfuma. Sí, admite, le “pesan” sus 64 años y por eso –ironiza– su mayor deseo sería colocar en los diarios un aviso económico muy concreto: “Permuto cuerpo de 60 por dos de 30”. Pero es comprensible porque Skarmeta tiene la sensibilidad abierta, es alguien para quien el estar vivo es un gozo fundamental, y para quien narrar y escribir historias implica un deleite inconmensurable. Y como todos, tiene sus angustias y la del transcurso del tiempo es una. Otra son los fantasmas de la dictadura, la época del dolor en su país, pero también la de la redención. Tal vez por ello Chile vibra hondamente en toda su obra, como también ocurre con el humor, la ironía y el placer por el lenguaje. Porque Skarmeta, nacido en Antofagasta y con un espíritu creador manifiesto desde los 9 años, fue testigo y partícipe de la ascensión de su gente en los 60 y comienzos de los 70; testigo de esas grandes aspiraciones de un socialismo democrático, “que estaban dentro de una legalidad y respetaban las posiciones contrarias”. Aspiraciones que considera maravillosas y que fueron el sueño de Salvador Allende. “Un sueño –dice con nostalgia– que por motivos endógenos y exógenos fue destruido”. Por eso no dudó en formar parte de la resistencia que surgió contra la dictadura, lo que mantuvo ligada su intimidad de creador a las peripecias de su pueblo. Ese mismo año en que se instaló la dictadura publicó Desnudo en el tejado’ y, estando ya en Alemania –a donde llegó consciente de que en Chile toda expresión sería aniquilada– surgió Soñé que la nieve ardía. Derrocado Pinochet y conquistada la primera etapa de democratización, decidió participar, pero de una manera distinta de la que algunos proponían. “Como intelectual –explica– no veía en la militancia política un camino posible. Y ante un país banalizado y herido culturalmente por la dictadura, decidí trabajar en televisión, hacer un programa que por lo menos produjera imágenes alternativas, cierta inteligencia, cierta ironía, cierto tipo de humor crítico”. Lo consiguió con el “Show de los libros”. Allí procuraba mantener vivas esas imágenes ante un panorama cultural que encontraba desolador, pues la dictadura había dejado como herencia en las comunicaciones “un mundo de necedad, de lugares comunes, de fanfarria, de carnavalización banal de la cultura, que no se podía contrarrestar por ser un movimiento irresistible, pero al cual se le podía poner algún acento de diferencia”. Trabajó mucho en ello, tanto que con el tiempo surgieron versiones internacionales en “La torre de papel” y “Un mundo alucinante”. Fueron programas que al tener un impuso creativo y provenir de la energía de la cultura, podían ser vistos no necesariamente por grandes lectores sino también por lectores esporádicos. “El propósito –explica– era contrarrestar un sopor envuelto en una carcajada y en mucha piel, con el sopor de una cultura sin energía, imitativa, burra”. Aquel fue su aporte a la reconstrucción democrática de su nación desde un plano, según él, extremadamente modesto. Pero también lo hizo desde otro ámbito, al aceptar la embajada de Chile en Alemania durante tres años. La permanencia del arte
No padeció las anunciadas y habituales “contradicciones internas” del creador expuesto al mundo de la diplomacia que, según Skarmeta, “es festinado en la imaginación popular, pero que en su realidad es supremamente importante por darse en él la revitalización de las organizaciones diplomáticas y las instancias de decisiones universales para conseguir, ya no la paz, sino mitigar el furor guerrero”. Tener que representar a un país que había sido herido tan fuertemente y que vivía una reconstrucción democrática, en otro donde había vivido su exilio, era una prueba contundente de que las cosas en Chile sí habían cambiado. Admite que le favoreció el ser conocido como escritor y como alguien que en tiempos de la dictadura había trabajado en ideales de su patria dentro de Alemania. Al comienzo logró combinar su escritura con la diplomacia, pero el trabajo se volvió más intenso y su compromiso más hondo, pues eran momentos muy activos para Chile: el tratado con la Unión Europea, los trabajos con los exportadores, las relaciones biculturales… Debió entonces tomar una decisión, y como su vocación literaria era infinitamente más fuerte, se retiró. Algunos encontraron incoherente que de la literatura hubiera pasado a la diplomacia, pero Skarmeta tenía (y tiene) una lectura distinta: cuando alguien se dedica a un trabajo político en representación se “está vinculado con la historia del país, con la historia de Allende, con la historia de la resistencia a la dictadura, vinculado con la reconstrucción democrática… Y todo eso –afirma– lo veo muy armónico dentro de mi vida. No existe una enorme contradicción”. De hecho su vocación literaria se ha impuesto y se le ve radiante en lo que llama su “rol de freelance writer”. ¿Cómo renunciar a ello cuando su vida está cruzada por la palabra en sus múltiples segmentos y los premios se lo han demostrado? Skarmeta ha sido guionista y director de cine, actor incluso, colaborador de medios escritos, profesor, conferencista, filósofo y, por encima de todo, narrador. Un narrador cuyo nombre retumbó con Il Postino o El cartero de Neruda, película hecha a partir de su novela Ardiente paciencia, traducida a cerca de 30 idiomas y convertida inevitablemente en un clásico, tanto que incluso se habla hoy de llevarla a un musical. Su éxito lo explica su propia obra (que también incluye No pasó nada, La insurrección, El entusiasmo, Tiro libre y El baile de la Victoria), pues en ella existe una épica de antihéroes. “Sus protagonistas –explica Skarmeta– no pretenden hacer hazañas: la vida les propone desafíos que los enfrentan y que suelen perder, y perdiendo ganan un poco, o ganando pierden mucho”. Otro de los rasgos más fuertes de su creación –y de su generación en América Latina– es la introducción de ráfagas subculturales en la gran cultura. “Se da entonces una aproximación del mundo popular, de ciertas modulaciones del lenguaje, de ciertas fantasías que son un poco más bastardas que las de la imaginación culta”. Y en todo ello podemos descubrir el miedo que, según Skarmeta, “surge cuando los personajes viven en circunstancias apretadas, cuando cualquier error puede significarles una catástrofe, un desastre para sí mismos o para los seres que quieren o para el país donde viven”. Por eso su literatura se atiene a historias muy privadas e íntimas, y en ello mira el miedo que, según él, crea instintivamente una inteligencia para reaccionar a él. Así se advierte en La composición, una de sus primeras creaciones, cargada de ironía y donde narra la historia de un niño enfrentado a una condición de miedo que reacciona instintivamente y resuelve una situación que este sentimiento le plantea. El baile
Antonio Skarmeta lleva hablando casi dos horas y ya empieza a sentir los instantes hurtados a su peregrinaje, uno de los muchos que le llevan año tras año a salir de su casa y a despedirse temporalmente de su esposa, de su hijo, de su perro Jako Dago y de su gato Ásterix. Ahora su trasegar busca ajustar los detalles que harán de El baile de la Victoria –su última obra, premiada por Planeta en el 2003– una producción fílmica que estará lista en el 2006 y de la cual Ricky Tognazzi será su director, y su productor el mismo que le dio vida a Il Postino. Skarmeta, junto con otros dos, será coguionista para así descifrar códigos propios de su país, que no resultan explícitos para un artista europeo, ya que es una historia muy arraigada en Chile. También señalará caminos y contribuirá a la visión del director. Cierto es que la vanidad aboca a la mayoría de los escritores a sacralizar los diálogos de sus obras y a exigir que se filme al pie de la letra, mas no ocurre igual con Skarmeta, entusiasmado con la idea de que el director sea el responsable total, de que logre ‘su’ propia obra. “Si bien el texto es un elemento importante dentro del engranaje de una película, no es decisivo. Lo importante es “la fantasía del director, la fuerza de sus modificaciones y el espíritu del cual impregna a todos sus colaboradores, camarógrafos, actores y demás que van creando algo nuevo”. Porque Skarmeta sabe qué es el cine, porque lo ha hecho y él mismo ha adaptado sus textos. Y entonces prefiere que exista otro guionista, que traiga otra dinámica y enriquezca la producción. Algunos pensaban que sería Michael Randford el director de El baile, tal como lo fue de El cartero, pero no sucederá porque jamás han conversado sobre esta posibilidad. “Michael Randford ni siquiera ha podido leer el libro, pues la versión en inglés no está lista”, aclara. Pero no descarta la posibilidad de que vuelvan a laborar juntos porque “es un director estupendo y me hubiera gustado en cualquier otra coyuntura trabajar con él. Es un autor con el cual trabajaría en cualquier ocasión.” Por ahora el baile tiene su propia combinación y es –según palabras de Skarmeta– formidable: el mismo productor de El cartero y Ricky Tognazzi como director, ambos, absolutamente motivados con esta obra. Y anhela una mixtura igual de precisa para otra de sus novelas, La boda del poeta, que espera sea llevada al cine en los próximos años. Sin embargo, de ello se ocupará después porque ahora está destinado a la victoria de ‘El baile’ y a “escribir muchísimo”. Por un lado están dos novelas: una articulada de una manera muy especial y que estará lista en dos meses –y si su editor lo aguanta– la publicará el próximo 2006. Y otra, más grande, que va acumulando día a día, semana a semana, y en la que trabajará fuertemente el próximo año. Sobre los temas de sus libros prefiere no hablar, ya que, al igual que la mayoría de los escritores norteamericanos, piensa que “si uno explica y uno cuenta, se acaba la tensión narrativa y uno mismo al reducir un mundo que para uno es todavía misterio, complejo, que necesita ser desarrollado en la escritura; al racionalizarlo para comunicarlo en otro medio, a través de otro lenguaje que no es el de la literatura, lo deja reducido y queda vulgarizado y se deshace la tensión creativa”. Y entonces recomienda “hablar todo lo que se desee de lo que ya se publicó, pero jamás una palabra de lo que vendrá”. Es una especie de filosofía que sustenta su carácter de escritor profesional. Sí, “profesional”, porque Skarmeta sabe que la de escritor es su profesión, pues trabaja fundamentalmente con su imaginación narrativa y la hace desembocar en modos de ganar su vida. Esto es la escritura… la escritura narrativa, la del cine, las conferencias, el programa de televisión en torno a la literatura… “No hago otra cosa que vivir de la literatura y en torno a ella”, admite, y es un privilegio por el cual, naturalmente, se paga un precio, que es el de vivir sin grandes aspiraciones de lujo pero con el disfrute de la libertad. Una libertad que le permite hoy, tan acosado por los medios que siguen sus conquistas, ser “bastante selectivo con la prensa”. “Prensa inteligente sí –enfatiza–. Prensa burra nunca más. Hace tiempo que cerré las cortinas. Existen un tipo de preguntas irritantes. Por ejemplo, si uno va a hacer una nueva película en la cual has escrito una historia en la que te duele el alma, que escribiste con sensibilidad y pasión, que buscaste un lenguaje durante años, que la estructuraste de una manera, que finalmente seduce a un productor, que encanta a un director de cine y viene un periodista y te pregunta quién va a ser la protagonista y si te gustaría que fuera tal o cual y qué medidas te gustaría que tuviera, o si te gusta que tenga unos pechitos más abundantes tipo italiano o tipo francés. ¿Y la colita? ¿Y va a actuar fulanito o menganito? ¿Y cuánto cuesta? Entonces ya sabes, creas con la experiencia antenas, sabes cuándo no estar”. Medios y cultura
Una experiencia que también le ha dado el conocimiento, no sólo sobre sus artífices sino también sobre los medios mismos. Le gustaría ampliar horizontes si tuviera la facultad y la posibilidad de sentirse “apoyado para contribuir a una renovación masiva de los medios”. Para Skarmeta no es imposible modificarlos, mas asegura que la inteligencia en ellos “debe venir apoyada por una política en la cual no sólo los canales estatales cumplan funciones de televisión pública, sino que los otros, los de la competencia, deben buscar algún tipo de regulación o autorregulación que no deje a un solo canal entregado al canibalismo de las imágenes”. Lo que suele ocurrir –explica– es que en todos los países hay una televisión que nadie ve, que es la televisión pública. “La televisión pública de Chile es un caso sui generis porque tiene que autofinanciarse y en buena cuenta funciona como una televisión comercial. El punto es que frente a los programas de la televisión pública –poseedores de otro grado de densidad, sofisticación o calidad– los canales que no tienen esa responsabilidad proponen a la misma hora y en el mismo tiempo programas alternativos”. Esto es lo que Skarmeta llama “el canibalismo de imágenes grotescas, una detrás de otra”. Por ello el canal que hace el intento noble “queda expuesto, devorado por la voracidad brutal de los otros, así el programa sea entretenido. Entonces, sin un consejo de buena fe, de ancianos respetables, que intente un tipo de regulación amable, no tiene sentido. Y es así como se practica el liberalismo salvaje de la estupidez”. “Si hay algo que esté por debajo del nivel de Chile, que sea un déficit –añade–, es su televisión. Lamentablemente n presidente tan brillante como Ricardo Lagos, quien ha sobresalido en todo lo que ha emprendido y que tiene a Chile en una gran posición, deja una televisión empobrecida, que no es digna del país que ha gobernado. Allí no encontró el camino”. Las circunstancias que rodean la televisión casi le ofenden tanto como las que competen a la cultura en general, en todas las naciones del continente latino. Entonces, cuando se le pregunta por la necesidad de una Latinoamérica unida, admite que sí tiene sentido “desde el punto de vista de nuestra cultura, lo que podríamos llamar hermandad, donde efectivamente los latinoamericanos pensamos que tenemos un modo común de sentirnos en un continente, independientemente de que región ocupemos”. Y cree que es acá donde la situación es extremadamente grave. Es grave que “estemos balcanizados, que estemos tajantemente separados en las ignorancias mutuas que tenemos en el mundo del cine, de la literatura, de la pintura, de la música. Cada país vive encerrado en su propio cuento, encerrado en su propia historia, son muy pocas las instancias transcontinentales”. Menciona luego el caso de la literatura latinoamericana y de su casi imposibilidad de proyectarse internacionalmente. “Si no existieran las editoriales españolas, que proyectan a una élite de escritores, el resto de países latinoamericanos sería desconocido. Son las editoriales españolas la gran matriz de donde sale nuestra literatura. Lo otros son todos escritores regionales, encerrados en su provincias, salvo este grupo dilecto o favorito o privilegiado de creadores que tiene acceso al gran mundo. Lo mismo pasa en todos los episodios de a cultura”. Por eso considera que las ideas bolivarianas o panamericanas, expresadas siempre por los presidentes de América Latina, por sus ministros de cultura, por sus políticos, ocurren de una manera muy retórica. Ellos, agrega, “más bien saludan esa idea, apelan a ese mítico ideal; sin embargo es un górgoro de brindis de banquete cuando se habla de la hermandad latinoamericana. Pero el énfasis que ponen para hacer negocios internacionales y mejorar la econo
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